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Un personaje de Tristán Narvaja



Ella, al pasar frente a la casa verde esmeralda, se cubrió la cabeza con su sombrero de ala ancha, prendió el último botón de su abrigo de piel sintética y agilizó el paso sin levantar la mirada. Él, sentado en la veredita de la casa verde esmeralda con un abrigo negro tan largo que se le arrastraba por el piso, se arregló el gorro, que dejó ver su prominente pelada hacia adelante y el poco pelo que le quedaba peinado hacia atrás.


El sol de la tarde de otoño en la veredita de la casa verde esmeralda sobre Tristán Narvaja hizo que el gatito decidiera salir a acostarse sobre el abrigo negro de su dueño que arrastraba por el piso. El gatito la reconoció y movió su cola como dibujando una letra S en el aire. Y en ese momento, Él también pudo identificarla.


Cambió su semblante al instante como si hubiese visto resucitar a una muerta, no podía creer quién estaba delante de sus ojos, la miró fijamente y si hubiese tenido el valor, le hubiese dicho:


-Nos conocimos en esta veredita, te acordás?. A fuerza de amor convertimos esta vieja casa verde en un hogar, nuestro hogar. Nos casamos. Vos quisiste venir a vivir acá y eso hiciste. ¿Por qué me maltrataste tanto? ¿Porque podías? ¿Sólo porque podías? Nunca me animé a preguntarte. Durante tantas noches no pude dormir queriendo encontrar alguna pista de tu repentino desamor, te fuiste silenciosa mientras yo dormía y nunca volviste. Nunca me hablaste, nunca me explicaste lo que había pasado. He perdido cada pelo por cada lágrima derramada y he sentido dolor en mi alma porque siempre fui el más bueno, pobre. Es tan bueno, pobre, me decían siempre desde niño. Eso se siente extraño, uno se siente extraño. Extraño de este mundo, de estas reglas, de los dobles sentidos incomprensibles. No entiendo por qué hablar en doble sentido, disfrazar el sentido, complicar lo simple, no entiendo. Es tan, tan bueno, pobre. Y no, ni siquiera mi extrema bondad me permitió comprender porque te fuiste.



Allí estaba Él aprovechando ese agujero negro en el tiempo que le había regalado el destino para soñar despierto lo que hubiese querido decirle. Si Ella hubiese podido llorar, habría llorado, pero no lloró, tampoco pudo decir ni una sola palabra.


El sol se escondió tras una nube y el gato volvió a entrar a la casa verde esmeralda. Él se tocó la cabeza y recordó que durante muchos meses vio sus pelos caer sin detenerse, vio su piel agrietada, vio sus labios llenos de llagas, vio un túnel sin fin que lo atraía como un imán hacia la oscuridad. Por primera vez sintió cómo era que le rompieran el corazón. Y le quiso decir tantas cosas. Si hubiese sido valiente también le hubiese dicho:


-¿Acaso no me reconocés? Soy el de la melena tupida que desenredabas luego de los eternos baños de mar que nos dábamos, soy el que te cuidaba cuando empezó tu enfermedad, soy el que te abrazaba hasta que te quedaras dormida, soy el que te cantaba canciones cambiando las letras solo para que te rieras. Nos reíamos tanto, tanto. Soy tu humano preferido, como me decías, soy el que te calentaba la comida al fuego porque odiabas el microondas. Soy el que te esperaba para ver la serie que habíamos dejado por la mitad la noche anterior, el que te cosquilleaba a besos por todo el cuerpo. Soy el que te prestaba su hombro para que lloraras, el que acariciaba tu herida hasta que cicatrizara. Podría comprenderte si me hubieras dicho que al sanar ya no me necesitabas, te juro que lo hubiera comprendido. Pero nunca podré comprender tu súbita huida y menos tu silencio. No nos merecíamos este final, no lo merecíamos.



Y el tiempo volvió al carril del tiempo y se rompió la burbuja. Él se levantó de la veredita y entró a la casa verde esmeralda, Ella se secó las lágrimas por no llorar y se perdió al doblar la esquina.










3 de jun. de 2022

Ejercicio sobre un personaje de Tristán Narvaja

Taller de Escritura de Daniel Mella





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