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Entre ésto y aquello...

Tuve un accidente doméstico, me corté el dedo pulgar y aunque el corte resultó superficial fue muy doloroso. La verdad es que al ver la cantidad de sangre que podía brotar de un solo dedo, decidí tomar precauciones de manera algo compulsiva o quizás exagerada. Entre los cuidados intensivos que había decidido aplicarle a mi pobre dedo roto estaba la prohibición total de mojarlo; es decir, esta semana no cocinaría, no lavaría los platos y me cubriría al ducharme; también decidí no hacer ninguna tarea manual, entonces no podría escribir a mano mi tarea del taller de escritura. No es una excusa, intuyo lo que estás pensando. Es como cuando le decía a mi mamá lo linda que estaba y me respondía al segundo:


-Leti, ¿qué querés?.


Rumbo a una librería de Tristán Narvaja, pienso que podría encontrar inspiración abriendo un libro al azar para jugar con la primera palabra que encuentre. Sería buena idea descubrir una frase que me impulse a escribir algo, me siento bloqueada… Entro a Babilonia Libros, recorro con la mirada ese lugar fascinante, me gustan las plantas colgantes que acá le llaman potus pero que en Paraguay le llamamos solteronas, no sé porqué. Me acuerdo de Rita Lee y la canción que cantábamos de adolescentes “… suspenderam os Jardins da Babilonia”, y me pregunto si el nombre de la librería tendrá que ver con la canción… Me detengo en el libro que está justo delante de mí, es uno de Clarice Lispector. Lo tomo con las manos, salteo el prólogo y me encuentro con nada más y nada menos que -tres puntos suspensivos-, tres puntos suspensivos campantes y sonantes.


Los tres puntos parecían relajados, se los veía libres, sin derecho a juzgar ni ser juzgados. Además, andaban de a tres, que es un número amigo, un impar que desempata. Ni dos ni cuatro. Tres. Cada punto podría ser, digamos, un segundo o un suspiro o quizás un instante en tres tiempos entre el pasado y el futuro. Y si fuesen notas musicales, ¿cómo sonarían? Tengo hambre, y como no cociné estoy esperando a que llegue mi pedido ya. El deadline ayuda, si tengo que escribir para el viernes mi cerebro activa un instinto de supervivencia inexplicable, a veces invento deadlines para enfrentarme a la hoja en blanco. Mi gato pisa mi teclado y escribe: “lfknsfl“. Cuando tengo hambre me pongo de mal humor y el timbre que no suena… Me comería los tres puntos, uno por uno, me los morfaría y dejaría a Clarice sin ese inicio fantástico de novela. ¡Timbre!



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